TANIA

by - domingo, febrero 10, 2019






Ultimamente mis pilas de escritora novel se han recargado y ando repasando relatos que tenía aparcados y a los que no echaba cuentas. Éste es un ejercicio que hice en el Curso de Escritura que Carles Cano impartió en nuestro pueblo y en el que los habituales del Club de Escritura de Puçol pudimos disfrutar y aprender del maestro.

Tania

Cada día, Tania lidiaba con su fatiga, lo mejor que podía. Durante las últimas semanas no vio la calle más que en sus escapadas, cada vez menos habituales, a la Casa Linden. Lázaro la dejaba entrar y la ayudaba a elegir entre los miles de ejemplares impresos, que la gran biblioteca de la mansión albergaba.

Lázaro había dedicado su vida a la Casa Linden. Sus padres fueron los caseros durante muchos, muchos años,  tiempo que él aprovechó para retener en la memoria cada rincón, cada estante, cada escalón; pero sobre todo para disfrutar de la inmensa sabiduría con la que su biblioteca le deleitaba.

Así que la mañana en la que encontró a Tania sentada al pie de la escalinata de la entrada principal, no se sorprendió ante la petición que la niña, con pelo de niño y cara de manzana gala, le hizo. Tania quería leer. Tenía poco dinero, poco tiempo y mucha curiosidad. La biblioteca municipal se le había quedado pequeña y los más mayores y sabios del pueblo ya le habían contado, tantas leyendas como eran capaces de recordar. Tania solamente quería leer.


Desde entonces, todos los días impares de cada semana, Tania visitaba la entrada principal de la mansión y desde allí viajaba con Lázaro hasta el jardín lleno de rosas y espinas, violetas, jazmineros, calas y claveles. Frutales exóticos traídos de lejanos países, perales, ciruelos y palmeras.

Porque cada libro, era para ella una fruta, una flor, que deshojaba a medida que aspiraba su aroma mezclado con el de  la tierra mojada y la hierba recién cortada. Sabía que la enfermedad que la había hecho prisionera, no tardaría en llevarla con sus abuelos. Quería saberlo todo, conocerlo todo, vivirlo todo, viajar lejos, aunque fuese a través de su particular jardín.


Fue en uno de sus encuentros, rebuscando un tomo de romántica, pues ese día ella se encontraba especialmente como una rosa, cuando uno de los ejemplares de la más alta de las estanterías, decidió lanzarse, sin pensarlo dos veces, al vacío. Como una bomba, sonó al chocar contra el suelo. La pareja se asustó y a la vez pusieron sus manos derechas en el corazón, reteniéndolo, ante su inminente huida. Lázaro, que ya había vivido este momento otras veces, miró las páginas abiertas del libro y, rápido como la picadura del mosquito, lo recogió del suelo y lo volvió a colocar en su lugar, del que  nunca debió salir.

La infinita curiosidad de Tania no consiguió que Lázaro le prestara el libro. Más al contrario, le hizo prometer por todos los vergeles del mundo mundial, que no lo cogería, nunca, nunca, nunca.
Las visitas se espaciaban en el tiempo, a la par que la fatiga y el dolor se apoderaban de la chica, esa chica, con pelo de chico y cara de manzana gala.

Dos semanas habían pasado sin saber de ella, cuando Lázaro se presentó en casa de Tania. Su madre le explicó lo mejor que pudo, que ya sus fuerzas no le daban ni para cortos paseos. Lázaro saco de su mochila, el libro; sí, justo ese, que ella no debía leer. La madre, felizmente ignorante, se lo agradeció de corazón y le prometió dárselo en cuanto despertara.  Así lo hizo y Tania sonrió, sonrió como nunca antes, como nunca después.
Él la había prevenido sobre el libro, ahora era demasiado tarde.

Abrió el libro y lo devoró con ansia al principio, luego con la tranquilidad del que se sabe sin prisa, hasta que un sueño con olor a frutas y a flores la hizo libre y se sintió semilla que volaba, mecida por el viento de levante, fresco y limpio.


A la mañana siguiente,  su madre abrió la puerta de la habitación, respiró hondo y abrió las cortinas y la ventana y tiró del cordel de la persiana hasta que los  tacos dieron un porrazo contra el techo. Las lágrimas de la mujer regaban el precioso manzano que ocupaba casi toda la habitación, y en cada una de sus rojas manzanas  podía adivinar el color que adornaba el rostro de Tania. 


Ella sonreía a sus abuelos envuelta en lavanda, romero y amapolas.
Los más viejos y sabios,  cuentan la leyenda de la chica que, con pelo de chico y cara de manzana gala,  era  curiosa y siempre olía a flores silvestres.


                                                                                                     María García (Maraya Life)

Feliz domingo, queridos míos!! Las imágenes las he tomado prestadas de Pinterest. Nos leemos!!!

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